miércoles, 30 de septiembre de 2026

Y perdí el control...


Sí, lo he perdido.

Tantos años controlando todas las situaciones, todas las respuestas, las actitudes, al otro… y, un día, de repente, como si una furia interior hubiera estado esperando su momento, salió. Pero salió para quedarse.

Apareció la impulsividad. Las decisiones sin pensar. Las respuestas vacías, sin elaborar. Las mentiras. De la nada, llegó el todo.

La rigidez que me ha acompañado durante toda mi vida ha marcado mi camino. Juzgar a los demás, empezando siempre por juzgarme a mí. Esa fue durante mucho tiempo la tónica de mi comportamiento.

Hasta que, un día, sin darme cuenta, dejé de hacerlo.

Pero no porque hubiera dejado de juzgar, sino porque empecé a pasarme a mí misma por el mismo filtro con el que había juzgado siempre a los demás.

Y lo más fuerte, lo que considero que realmente me pasó, fue que la culpa dejó de importar.

La culpa. Esa gran compañera de viaje. La que siempre marcaba mi vida.

Culpa por no hacer.
Culpa por no estar.
Culpa por no agradar.
Culpa por no cumplir con los estándares.
Culpa por no ser suficiente.

Culpa por existir.

Mientras escribo estas palabras, las lágrimas caen por mi rostro.

Culpa por existir.

Qué fuerte...

domingo, 5 de julio de 2026

Confusión

Es una época confusa. El mundo, la sociedad, yo…

Hace tiempo que no te escribo. He necesitado ayuda; ayuda médica y farmacológica para poder levantarme.

El dolor por la pérdida fue duro. Me aislé, me comí todos mis pensamientos y, de cara a la galería, hice un esfuerzo por estar bien y seguir con mi vida.

Tomé decisiones, algunas más arriesgadas que otras. Dejé el trabajo después de muchos años y, aprovechando ese dolor, me escudé en él para dar un paso que llevaba tiempo necesitando. Era más soportable pensar que la aprobación o el juicio de los demás tendrían una explicación: podían achacar mi forma de actuar a lo que estaba viviendo. Y yo, de alguna manera, me aproveché de esa situación para salir de un trabajo que era muy bueno a nivel personal, pero tremendamente agotador y estresante.

Todo eso me recordó a mi adolescencia, cuando, desde el control, también tomaba decisiones de ese tipo. Aunque siempre muy pensadas, claro.

Porque el control es así: nunca deja nada al azar. Todas las decisiones están medidas.

Lidié durante un tiempo con la sensación de no agradar a nadie y, curiosamente, aquello resultó bastante reconfortante. Estudié, conseguí un puesto para toda la vida y estuve poco tiempo. No me gustaba. Tenía que seguir buscando.

Y finalmente encontré un lugar donde estar tranquila y motivada. Aunque siempre quedan sensaciones de vacío que termino llenando con otras cosas.

Mi vida personal, sin embargo, ha empeorado. Comparto la vida con la persona con la que siempre he estado, pero ya no existe ningún tipo de conexión afectiva, más allá de la que nace de la convivencia cotidiana y del deseo de vivir en paz.

Para mi mente controladora eso es un problema. No deja de sabotearme, repitiéndome que esto no está bien, que ambos nos estamos apagando por dentro.

Seguir en el camino es lo que toca...