miércoles, 30 de septiembre de 2026

Y perdí el control...


Sí, lo he perdido.

Tantos años controlando todas las situaciones, todas las respuestas, las actitudes, al otro… y, un día, de repente, como si una furia interior hubiera estado esperando su momento, salió. Pero salió para quedarse.

Apareció la impulsividad. Las decisiones sin pensar. Las respuestas vacías, sin elaborar. Las mentiras. De la nada, llegó el todo.

La rigidez que me ha acompañado durante toda mi vida ha marcado mi camino. Juzgar a los demás, empezando siempre por juzgarme a mí. Esa fue durante mucho tiempo la tónica de mi comportamiento.

Hasta que, un día, sin darme cuenta, dejé de hacerlo.

Pero no porque hubiera dejado de juzgar, sino porque empecé a pasarme a mí misma por el mismo filtro con el que había juzgado siempre a los demás.

Y lo más fuerte, lo que considero que realmente me pasó, fue que la culpa dejó de importar.

La culpa. Esa gran compañera de viaje. La que siempre marcaba mi vida.

Culpa por no hacer.
Culpa por no estar.
Culpa por no agradar.
Culpa por no cumplir con los estándares.
Culpa por no ser suficiente.

Culpa por existir.

Mientras escribo estas palabras, las lágrimas caen por mi rostro.

Culpa por existir.

Qué fuerte...